Era una mañana nubosa, invierno del mes de junio. Corría una brisa húmeda que calaba los huesos y mecía los cañaverales de la llanura cruceña. Bonifacio Chao veía partir a su hijo hacía la escuela de la cercana comunidad de San Juan de los Amarillos. Le dio por pensar que los tiempos estaban cambiando, que él nunca tuvo la oportunidad de asistir a una escuela. Los recuerdos le transportaron a su niñez, cuando aún no llegaba a los 11 años de edad y su padre lo llevó por primera vez al Norte de Santa Cruz a la zafra de la caña de azúcar desde las tierras guaraníes, cercanas a la raya con el Paraguay. Desde entonces su único trabajo ha sido cortar caña durante la época de zafra, y así un año detrás de otro …


Sin embargo, con su hijo la historia sería diferente. En los dos meses que lleva en el campamento zafrero, la gente de la Defensoría Municipal de la Niñez y Adolescencia de General Saavedra ya les ha visitado varias veces. La mayoría de las veces acuden con un grupo de profesionales de una organización que se llama APEP. Ellos se preocupan por los niños y niñas, nos han conseguido que todos ellos acudan a la escuela cercana y reciban atención médica; al principio algunos padres y madres eran reacios, pero con las charlas que se dieron terminaron por hacerles comprender los derechos de sus hijos. Además, La Defensoría de la Niñez cuenta con un nuevo edificio que tiene todas las condiciones necesarias para el trabajo de los profesionales que allí trabajan… dicen que ha sido con aporte de España, de una región que se llama Valencia, aunque ellos la llaman Generalitat Valenciana.

Una vez más Bonifacio miró la marcha de su hijo a la escuela. Ahora sabía que el pequeño no repetiría la vida de frustraciones que había llevado él, que la educación que recibía en la escuela le permitiría escoger su futuro, que le haría libre. Con estos pensamientos se dio la vuelta, agarró su machete y se dirigió a los cañaverales. Una sonrisa serena transformó su rostro adusto. Si, definitivamente, los tiempos estaban cambiando.