Vestida con los colores de la bandera egipcia –velo rojo, camisa blanca, falda negra– Hanan toma el centro del escenario y recita su propio poema sobre un nuevo Egipto en que musulmanes y coptos viven en armonía.

 

Tiene 18 años, y todavía le faltan por lo menos dos para entrar en la universidad. Pero, ¿qué suponen dos años más para ella, que a los doce era incapaz de leer una sola Alef, la letra más simple del alfabeto árabe?

 

 

Porque Hanan no fue a la escuela hasta que los responsables de una asociación benéfica lograron convencer a su padre. Tenía ya 12 años, una edad avanzada para empezar el colegio, así que tuvo que acudir a unos cursos acelerados para recuperar el tiempo perdido. Pero su dedicación y esfuerzo fue tal que hasta su padre terminó por apoyarla y rechazó varias ofertas de matrimonio tempraneras y no quiere oír hablar de nuevos pretendientes hasta que el sueño de su hija se haya cumplido.

 

Por desgracia, la segunda parte de la historia de Hanan no es frecuente en el Alto Egipto. No así la primera, puesto que en las aldeas que se escalonan a ambas orillas del Nilo, kilómetros y kilómetros al sur del Cairo, la pobreza, el miedo y los prejuicios culturales impiden que miles de niñas vayan a la escuela. Son pocas las familias que inscriben a sus hijas en el sistema educativo y menos aún las que las mantienen ahí cuando vienen tiempos difíciles. Y si hay algo cierto en el Alto Egipto –una de las regiones más pobres de Oriente Medio– es que los tiempos difíciles van a llegar.

 

 

 

 

Por estas razones, la Asociación del Alto Egipto para la Educación y el Desarrollo (AUEED) empezó a promover escuelas ya en 1940, cuando la República de Egipto no era más que una idea y la educación pública no existía ni siquiera para los varones. En la actualidad, AUEED ha diversificado sus servicios, pero la educación sigue siendo la médula de sus propuestas.

 

La asociación gestiona 57 escuelas en otras tantas aldeas del Alto Egipto. Entre ellas, las denominadas “escuelas paralelas” ofrecen cursos acelerados a niños y niñas que aún no han sido escolarizados, como Hanan, o que abandonaron prematuramente el colegio, y les dan la posibilidad de reengancharse al sistema educativo y completar sus estudios en una escuela pública o formal.

 

 

Desde 2006, la FPSC y AUEED trabajan juntas en este afán de extender la educación básica y de calidad y son ya unas 5000 personas –sobre todo mujeres– las que se han beneficiado de estos seis  años de colaboración.

 

Pero volvamos al auditorio Nile Hall, en la universidad de Assiut. Terminado el poema de Hanan, las luces se apagan y el aplauso es atronador. Estamos celebrando el evento final del Proyecto para la Educación de Niñas en el Alto Egipto, que ha sido financiado por la Cooperación Española y ha permitido que más de 1.500 personas reciban formación académica. Se abre el telón y aparece un grupo de pequeñines en uniforme y más o menos coordinados. Vienen de Nekhela, un pueblecito de la Gobernación de Assiut tan diminuto que es difícil encontrar un mapa que lo señale. No todos los alumnos de la clase han podido venir, pero los que están aquí jamás olvidarán la experiencia.

 

 

 

 

 

Los focos les ciegan y no les dejan ver el público. De todos modos, la mayoría sabe que sus padres no están ahí: los más afortunados han tenido que quedarse en Nekhela trabajando; los menos afortunados no tienen ni trabajo ni medio de transporte. Así que los niños, o, mejor dicho, las niñas, cogen con fuerza su libro y realizan los pasos del baile que han ensayado: una oda a las virtudes de la lectura que, para ellas, es verdad de fe.

 

 

 

El espectáculo continúa con el número de las chicas que participan en el Programa Chica de Valor. Esta iniciativa implica a 125 jóvenes y 125 niñas que se llaman, respectivamente, las hermanas mayores y las hermanas menores. Las hermanas mayores han sido seleccionadas entre buenas estudiantes de secundaria con pocos medios económicos, y las hermanas menores son alumnas de primaria con serios problemas de aprendizaje o de conducta, en riesgo de abandono escolar. Cada hermana mayor se responsabiliza de una hermana menor, a quien ayuda y acompaña tanto en sus estudios como en su entorno social.

 

 

 

 

 

La actuación de las hermanas mayores fluye suelta y natural: no en vano llevan dos años actuando y “fingiendo” para las hermanas pequeñas. Porque, ¿qué mejor modo de convencer a una chiquilla terca y obstinada que debe llevar zapatos que representar la historia de una niñita que termina en el hospital por andar descalza por la calle?

 

 

 

 

En total, más de cien niñas han participado en el festival, además de un buen puñado de muchachos. Juntos han actuado, han cantado, han bailado y, en definitiva, han festejado la educación y el nuevo Egipto en que esperan vivir. Y tras el espectáculo, la entrega de materiales. Las antiguas alumnas de los colegios de AUEED que posteriormente han realizado cursos de formación profesional y un estudio de sostenibilidad para su proyecto comercial, reciben del proyecto parte del equipamiento que necesitan para acometer su propuesta: una máquina de coser, un horno, un secador de pelo o hilo, piedrecitas y una pistola de cera para la elaboración de adornos femeninos. 

 

 

 

 

Fuera del auditorio nos espera una exhibición con algunos de los objetos que se han producido es estos talleres de formación profesional. Vestidos, bolsos, manteles y servilletas, cojines, collares y pendientes… Todo tipo de productos artesanales salidos de las manos de mujeres jóvenes a quienes el mundo intentó negar el derecho a la educación y no lo logró y que, de ahora en adelante, gozan además de una nueva habilidad para escribir su futuro, el de sus familias y el de su país.

 

 

 

 

Historias con éxito y testimonios de beneficiarios del programa (en orden de aparición):

  

Maryam, de la escuela paralela Zarabi